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Tercera Sección

El Plan de Formación Espiritual

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Dada la dimensión religiosa del hombre y su apertura a lo trascendente, la formación humana, y especialmente la educación sacerdotal, “se abre y se completa en la formación espiritual”[1]. La vida espiritual, entendida como “relación y comunión con Dios”[2] debe desarrollarse de modo particular en los seminaristas en orden a su configuración específica con el ser y el obrar sacerdotal[3], de tal modo que “no sólo en virtud de la Ordenación sagrada, sino también por una participación íntima de toda su vida, lleguen a ser de modo especial otros Cristos”[4].


[1] PDV, 45.
[2] PDV, 45.
[3] Cf. PDV, 45.
[4] RFIS, 44, 157.

Según este objetivo, y teniendo en cuenta que la formación espiritual del futuro presbítero desarrollará la gracia bautismal unida al adelanto en las “virtudes y hábitos de la vida presbiteral”[5], el Seminario procura seguir en este campo las líneas principales de los grandes maestros y en particular de aquellos que mejor presentaron la espiritualidad sacerdotal como “centro vital que unifica y vivifica”[6] su sacerdocio y su vida pastoral[7] en perfecta armonía con la preparación doctrinal y académica[8].


[5] RFIS, 45, 158.
[6] PDV, 45.
[7] CIC, c. 245, § 1.
[8] CIC, c. 244.

Siguiendo el mandato conciliar[9], el Seminario reconoce “que el ministerio, desempeñado siempre con fe viva y caridad, contribuye a la propia santificación”[10], y así busca preparar a los alumnos “de tal modo que su futura actividad no constituya para ellos un impedimento, sino una ayuda en el desarrollo y maduración de su vida espiritual”[11].


[9] El Concilio Vaticano II manda impartir la formación espiritual “de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en el trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Habiendo de configurarse con Cristo sacerdote por la Sagrada Ordenación, habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio íntimo de su vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que sepan iniciar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar a Cristo en la fiel meditación de la Palabra de Dios, en la activa comunicación con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y el Oficio Divino; en el obispo, que los envía, y en los hombres a quienes son enviados, principalmente en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores y los incrédulos. Amen y veneren con filial confianza a la Santísima Virgen María, a la que Cristo muriendo en la cruz, entregó como madre al discípulo” (OT, 8).
[10] CIC, c. 245, § 1.
[11] RFIS, 58, 192. Cf. OT, 11. Cf. Presbiterorum Ordinem (PO), 3.

Por ello procura ante todo enseñar a los candidatos “a buscar a Cristo” y a acostumbrarse “a unirse a Él, como amigos”[12], cuidando “diligentemente los ejercicios de piedad recomendados por santa costumbre de la Iglesia”[13], en particular los tocantes a la devoción eucarística, a fin de que aprendan a observarlos fielmente en la vida sacerdotal[14]. De acuerdo con la recomendación de la Ratio Fundamentalis[15], los seminaristas realizan diariamente una visita comunitaria al Santísimo Sacramento, se preparan para la Santa Misa junto con los formadores y profesores, y hacen la acción de gracias después de la misma, sirviéndose de las oraciones propuestas en el Misal Romano. Los primeros jueves de mes se adora al Santísimo Sacramento expuesto solemnemente durante toda la noche.


[12] OT, 8.
[13] OT, 8.
[14] Cf. RFIS, 55.
[15] La Ratio Fundamentalis enseña que es conveniente que el sacerdote “desee y se alegre de visitar y adorar a
Cristo sacramentalmente presente en la Eucaristía” (54).

Por su parte, todos los días los seminaristas practican oración mental durante cuarenta y cinco minutos, siguiendo de modo particular el método de la lectio divina con las Sagradas Escrituras, ya que “la forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la oración”[16].


[16] PDV, 47.

El horario establece a su vez un tiempo distinto para hacer una lectura continua e integral del texto sagrado, de modo que leyendo varios capítulos por día, los alumnos logren realizar una lectura completa de la Biblia cada año, y al ordenarse hayan desarrollado un profundo conocimiento y amor a la Escritura que les permita transmitirla y predicarla diariamente, según el mandato conciliar[17].


[17] Cf. Dei Verbum (DV), 25.

La lectura espiritual propiamente dicha de los grandes maestros y clásicos en la materia, tiene su tiempo propio antes del descanso nocturno y prepara el alma para las actividades del día siguiente.

Teniendo en cuenta que el mundo de hoy ha perdido el sentido del pecado y por tanto la alegría consoladora del perdón[18], el Seminario procura que los futuros sacerdotes quieran “acudir con frecuencia”[19], en lo posible semanalmente, al Sacramento de la Penitencia, del cual “provienen el significado de la ascesis y de la disciplina interior, el espíritu de sacrificio y de renuncia, la aceptación de la fatiga y de la cruz”[20]. La adecuada preparación para recibirlo con provecho es ayudada mediante la realización de un examen particular diario después de la visita al Santísimo y de un examen general del día durante las Completas. Por otra parte, la celebración solemne de una misa de difuntos mensual aviva el recuerdo de las postrimerías y del destino ultraterreno del hombre.


[18] Cf. PDV, 48.
[19] CIC, c. 246, § 4. Cf. RF, 55, 187.
[20] PDV, 48.

Asimismo, aparte del mencionado encuentro semanal con el formador o con el director espiritual[21], a quienes deben procurar abrir confiadamente su alma para ser conducidos desde el estado espiritual en que se encuentran hacia la perfección[22], los seminaristas asisten a una conferencia espiritual cada viernes y participan mensualmente de un retiro dirigido por los directores espirituales[23]. Los ejercicios espirituales anuales, ordenados tanto por el Código como por la Ratio Fundamentalis[24], les son predicados al final del primer semestre.


[21] Cf. CIC 246 § 4. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, el 16 de mayo de
1988, 4.
[22] Cf. CIC 246 § 4.
[23] Cf. RFIS, 56, 189.
[24] Cf. CIC 246,5 y RFIS, 56, 189.

La devoción a la Santísima Virgen María[25] se plasma en el rezo diario del Santo Rosario con las letanías lauretanas, el Angelus o, en su defecto, el Regina Coeli, y el canto de la antífona de la Virgen al final del día. Siguiendo la práctica tradicional, el Angelus se recita tres veces por día y, durante los meses de mayo y octubre, se rezan oraciones especiales diarias dedicadas a María Santísima. Al final de cada año lectivo, en honor de la Inmaculada Concepción, el seminario entero va en peregrinación al Santuario Nacional de la Virgen de Ca’acupe, que tan profundamente ha marcado la espiritualidad nacional[26].

 

[25] También la Ratio Fundamentalis indica que es conveniente que el sacerdote “imite con amor ardiente, según el sentir de la Iglesia, a la Virgen María, Madre de Cristo y asociada de un modo especial a la obra de la redención” (54, 179-185).
[26] El amparo de Nuestra Señora de Caacupé fue siempre confirmado por la invocación papal en cada visita al limina, así como por de JUAN PABLO II al finalizar su Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, el 16 de mayo de 1988.

Para fomentar devoción al patrono del Seminario y de la Iglesia Universal, todos los días los seminaristas recitan en común la oración a San José. En el mes de marzo, tienen rezos especiales en honor del Esposo de la Virgen Santísima, a quien se lo invoca también como patrono providencial con treintenas y novenas a lo largo de todo el año.

Finalmente, dada la importancia del recogimiento para la vida sacerdotal, se procura que los seminaristas lleguen a apreciar y a amar el silencio, prescripto varias veces al día en horas de oración y de estudio, pero especialmente después del canto de las Completas, cuando el Seminario entero queda sumido en el recogimiento del gran silencio tradicional, “la atmósfera espiritual indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse conquistar por ella”[27].


[27] PDV, 47.

Los seminaristas se confiesan semanal o quincenalmente.
En la medida de lo posible se busca que los confesores y directores espirituales sean sacerdotes de mucha experiencia y de un claro testimonio ministerial:

Peregrinación anual al Santuario Nacional de Ca’acupe y el fomento de las devociones marianas:

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