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Primera Sección

Reseña histórica y justificación

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Jesús Sacerdote

 

La experiencia en la legislación de la Iglesia

El Seminario Mayor San José fue fundado el 3 de marzo de 2006, por S.E.R. Mons. Rogelio Livieres, Obispo de Ciudad del Este, para formar sacerdotes “según el Corazón de Cristo”[1].

Las razones que lo llevaron a iniciar esta aventura espiritual fueron, en primer lugar, las orientaciones que la misma Iglesia dirige a los Obispos en su legislación, y que no hacen sino sintetizar su experiencia pastoral de milenios. En efecto, uno de los principales deberes en los que un Obispo[2] debe involucrarse directa, personal y perseverantemente[3] es la formación de los futuros sacerdotes, que serán sus principales colaboradores en el ministerio episcopal. El Directorio para el ministerio pastoral de los Obispos afirma: “El Obispo (…) trabaje a fin de que la diócesis tenga un seminario mayor propio, como expresión de la pastoral vocacional de la Iglesia particular y, al mismo tiempo, como comunidad eclesial peculiar que forma los futuros presbíteros a imagen de Jesucristo, Buen Pastor”[4].

La historia ha enseñado a la Iglesia que el Seminario diocesano es como el corazón de una Diócesis, del que depende su buena salud espiritual y su futuro, y, según el decreto del Concilio Vaticano II Optatam totius, hasta la renovación misma de la Iglesia5. Por eso el Concilio lo tiene por “necesario para la formación sacerdotal”[6], y la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores dabo vobis lo considera “como el lugar óptimo de formación”[7].

Por eso, al inicio mismo de su ministerio episcopal, Mons. Livieres, deseoso de fomentar las vocaciones sacerdotales y de lograr un verdadero incremento “de piedad, ciencia y fervor en los candidatos al sacerdocio”[8], hizo propio el mandato del Código de Derecho Canónico según el cual “en cada diócesis” ha de haber, “cuando sea posible y conveniente”, un Seminario Mayor[9].


[1] Pastores dabo vobis (PDV), 82.
[2] Codex Iuris Canonicis (CIC), c. 233, § 1 y 2.
[3] CIC, c. 237, § 1; 242, § 2; Ratio Fundamentalis Instituionis Sacerdotalis (RFIS), 21; Optatam Totius
(OT), 7; cfr. PIO XI, Const. Apost. Officiorum Omnium, 1 de agosto 1922: A.A.S. 14 (1922), pp. 456-
457; C. Encicl. Ad Catholici Sacerdotii, 20 dicembre 1935: A.A.S. 28 (1936), pp. 38-39; Directorio para
el Ministerio Pastoral de los Obispos, 193.
[4] Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos (DMPO), 85.
[5] “Convencido el santo Concilio de que la deseada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte
del ministerio de los sacerdotes, animado del Espíritu de Cristo, proclama la trascendental
importancia que tiene la formación sacerdotal” (OT, Proemio).
[6] OT, 4.
[7] PDV, 60.
[8] RFIS, Introduzione.
[9] CIC, c. 237, § 1.

Las exigencias de la realidad pastoral

A estas orientaciones legales, se sumaron las urgencias de una gravísima realidad pastoral: desde el comienzo mismo de su ministerio en el año 2005, Mons. Livieres comprendió la imperiosa necesidad de formar numerosos y santos sacerdotes para atender a la numerosa población de los Departamentos de Alto Paraná y Canindeyú –una población que, según el último censo, asciende al millón de habitantes (1.000.000), y que tiene el mayor índice de crecimiento del país, debido al polo de desarrollo socio-económico con el vecino país de Brasil, lo que llevará a que en unos pocos años Ciudad del Este sea la ciudad más grande de Paraguay.

La amplia mayoría de la población se declara y confiesa católica. Sin embargo, el número de sacerdotes con que contaba la Diócesis en 2005 era claramente insuficiente para atender siquiera mínimamente a tantas alamas –16 sacerdotes diocesanos y 70 religiosos, lo que resultaba en un promedio de menos de 1 sacerdote cada 10.000 fieles.

El desafío de responder a los desafíos

Nunca resulta fácil fundar o sostener un Seminario: requiere la convergencia de muchos recursos de los que frecuentemente no se dispone, especialmente en nuestros países, menos desarrollados espiritual o materialmente. Entre otras cosas, hace falta un número suficiente de formadores y profesores, sacerdotes calificados y experimentados que sean fieles a la Iglesia y posean una profunda vida espiritual; también se necesitan un edificio apropiado con espacios litúrgicos, académicos y residenciales a la altura de la formación que se busca impartir, materiales académicos y técnicos, servicios de alimentación, de limpieza, de salud, y tantas otras cosas…

Pero aún si se suman todos los inconvenientes y dificultades a superar, resultan poca cosa cuando se comparan con la inmensidad y valor del trabajo de sacerdotes bien formados.

Sacerdotes según el Corazón de Cristo

El sacerdote es por sobre toda otra consideración, según la expresión de la tradición, alter Christus. Porque Jesucristo, el Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza (cf. Hbr 4:14 y Sal 109:4; Hbr 6:20), comunicó su propio sacerdocio en diversos grados a sus discípulos para que actúen in persona Christi[10], es decir, como ministros y representantes de Cristo, promovidos “para servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio participan, por el que la Iglesia se edifica incesantemente aquí en la tierra, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo”[11].

El presbítero es el colaborador más importante que tiene un Obispo, Pastor de la Iglesia particular, en su ministerio de salvación. Por un lado, lo ayuda por medio de la enseñanza y predicación de la Palabra de Vida eterna. Por otro, santificando a los fieles por la inmolación y oblación del Santo Sacrificio de la Misa[12] y por la administración fiel de los demás sacramentos, que son los misterios por los que Cristo está siempre presente entre nosotros (Mt 28:20). A esto se agrega su función de intercesor, en los que por la oración litúrgica y personal se desempeña como mediador entre Dios y su Pueblo. Finalmente, ayuda al Obispo en su función de guiar y gobernar al rebaño de Dios en su peregrinación pascual al Reino de los Cielos. Esta triple función magisterial, santificadora y directriz del presbítero es indispensable e insustituíble para la vida y desarrollo de la Iglesia. Ningún santo laico, ni siquiera los ángeles o la mismísima Virgen María pueden hacer lo que sólo él puede por el poder que le confiere el Orden sagrado[13].

Incluso se podría decir que ni siquiera otro sacerdote puede realizar el trabajo que Dios quiere encomendar a un sacerdote determinado, y para lo cual le ha elegido con una vocación eterna… porque la labor es inmensa, los trabajadores son pocos y cada uno de ellos es irremplazable en el plan de salvación del Señor de la Viña (cf. Lc 10:2).


[10] Eugenio IV, Exsultate Deo, 22 de noviembre de 1439; DS. 1321, Dz. 698.
[11] Presbiterorum Ordinis (PO), 1. Cf. PDV 60, 61.
[12] S. Th. III, 22, 4, sc.
[13] San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables, I, 1, ii.

Sin inversión educativa no hay formación adecuada

Dado el importantísimo ministerio por el que el sacerdote debe “prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia redentora de Jesucristo”[14], es necesario formarlo y prepararlo adecuadamente para que pueda cumplir con excelencia su augusto servicio a Dios y a los hombres. El Concilio resume la formación necesaria de este modo: “prepárense, por consiguiente, para el ministerio de la palabra: que entiendan cada vez mejor la palabra revelada de Dios, que la posean con la meditación y la expresen en su lenguaje y sus costumbres; [prepárense también] para el ministerio del culto y de la santificación: que, orando y celebrando las funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del Sacrificio Eucarístico y los sacramentos; [y prepárense finalmente] para el ministerio pastoral: que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que, ‘no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos’ (Mc 10:45; cf. Jn 13:12-17), y que, hechos siervos de todos, ganen a muchos (cf. 1 Cor 9:19)”[15].


[14] Cf. PDV, 60.
[15] OT, 4.

Problemas en la formación sacerdotal después del Concilio

No podemos soslayar la increpación profética que nos dirigiera el bienaventurado Papa Juan Pablo II cuando, hablando a nuestra Iglesia nacional, se lamentó del conocido fruto amargo que, en ocasiones, ha producido para la Iglesia una formación pobre o descuidada de los candidatos al sacerdocio, aún entre aquellos que han sido elevados al Orden episcopal[16]. No se trata sólo de problemas morales graves. También se refiere a una cierta mediocridad espiritual, intelectual y humana que compromete la vida de las comunidades y el desarrollo espiritual de los fieles.

Es cierto que estos problemas afectan a muchas otras regiones y se han agravado en las décadas pasadas. En efecto, fue el mismo beato Juan Pablo II quien, dirigiéndose a toda la Iglesia, precisaba que la crisis de identidad sacerdotal que sufrimos “había nacido en los años inmediatamente siguientes al Concilio” y “se fundaba en una comprensión errónea, y tal vez hasta intencionadamente tendenciosa, de la doctrina del magisterio conciliar. Y aquí está indudablemente una de las causas del gran número de pérdidas padecidas entonces por la Iglesia, pérdidas que han afectado gravemente al servicio pastoral y a las vocaciones al sacerdocio, en particular a las vocaciones misioneras”[17].


[16] Cf . JUAN PABLO II Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, el 16 de mayo de 1988, 4.
[17] PDV, 11. Cf. También Discurso final al Sínodo (27 octubre 1990), 4: l.c.; cf. Carta a todos los
sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo 1991 (10 marzo 1991): L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 15 marzo de 1991.

Las deformaciones ideológicas

En nuestras tierras, más precisamente, la formación sacerdotal ha sido gravemente afectada por la profunda distorsión de la identidad sacerdotal y la naturaleza de la Iglesia que se debe a visiones teológicas que, desde una perspectiva marxista, han reducido el misterio del Reino de los Cielos a las ilusorias promesas de un mesianismo terrenal y pseudo-político.

Se trata de una versión local y vernácula de la vieja tentación de querer bajar de la Cruz, locura y escándalo para muchos (1 Cor 1:23). Con intenciones bondadosas, se pretende trasladar las promesas del Reino a los confines de este mundo, que pasa y que ha caducado (cf. 1 Cor 7:31), desacralizando y cayendo en utopías y espejismos[18].

Los cristianos, en cambio, esperamos “los cielos nuevos y la tierra nueva” después de la venida gloriosa del Señor (Apc 21:1).

El mismo Jesucristo, “Sumo Sacerdote de los bienes futuros” (Hbr 9:11), fue constantemente tentado, incluso por las intenciones demasiado humanas de los Apóstoles (cf. Mt 16:22-23; Mc 8:33), para que dejara su camino de Cruz y cumpliera las promesas de liberación y del Reino aquí en la tierra. Pero los planes y caminos de Dios no son los de los hombres: “porque vuestros pensamientos no son los míos, ni vuestros caminos son mis caminos –oráculo del Señor–. Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a vuestros caminos y pensamientos” (Isa 55:8-9).


[18] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la «teología de
la liberación», VI, 5.

Ideas claras

La formación que es necesario impartir hoy en día en nuestro país debe preparar a los candidatos al sacerdocio para que puedan superar esta tentación de socialización, politización, desacralización y conformidad con los criterios de lo que la Biblia llama el “mundo” en cuanto in maligno positus (Jn 17:9, 1Jn 5, 19). Por el contrario, deben educarse en una clara identidad sacerdotal, como ministros de la misericordia de Dios y de su redención, sabiendo siempre quiénes son y a qué están llamados con una vocación espiritual y divina, sobrenatural y escatológica.

Reconocer, confrontar y superar la visión terrenal, materialista y desacralizada con que la “teología de la liberación”[19] ha empobrecido y desnaturalizado a nuestra Iglesia es una exigencia profética y un desafío ineludible en la hora actual. No podemos ser pastores dormidos ni falsos profetas que prefieren ignorar los errores y miserias que nos afligen hoy como Pueblo de Dios.

Educando en positivo, los seminaristas llegarán a ser verdaderos “sacerdotes según el Corazón de Cristo”[20], “llenos de amor a la Iglesia de Cristo, que estén unidos con caridad humilde y filial al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, que se adhieran al propio Obispo como fieles cooperadores y trabajen juntamente con sus hermanos”[21], teniendo a su vez en gran estima al celibato[22] y al culto a la Santísima Virgen María[23].


[19] Instrucción sobre algunos aspectos de la «teología de la liberación», VII-XI, 1984. Cf. Cardenal
Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Vaticano, otoño de 1983.
Presupuestos, problemas y desafíos de la teología de la liberación. Publicado en La Segunda, Santiago
de Chile, jueves 5 de enero de 1984, pp. 15-16; Tierra Nueva (Colombia) 49/50 (abril-julio 1984): 93-
96 / 95-96; Cristianismo sí (México), folleto (1984); Paramillo 5 (1986): 574-580.]
[20] PDV, 82.
[21] CIC, can. 245, § 2. Cf. JUAN PABLO II Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, el 16 de mayo
de 1988, 4; Discurso a los obispos de Paraguay en vista "ad limina", 15 de noviembre de 1984, 8.
[22] CELAM. Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y
del Caribe. Aparecida, Brasil, 2007 (DA), 317. CIC, can. 247, § 1.
[23] DA, 320. CIC, can. 246, § 3.

Más desafíos de los jóvenes sacerdotes

Los tiempos que aguardan a los futuros sacerdotes estarán seguramente preñados de magníficas oportunidades. Pero, simultáneamente, serán tiempos de incomprensión, de indiferencia, de relativismo y de una creciente persecución y marginalización ideológica. Sin duda, conocerán la reverencia y respeto de los fieles al que representa a Cristo entre ellos. Pero también conocerán sin duda el martirio mediático de la reputación y, quizás, hasta la gracia del martirio de la sangre. Nunca ha habido tantos mártires cristianos como en nuestros días[24].

Por eso deberán aprender a servir a todos en medio de las humillaciones, con alegría y audacia, con humildad y fidelidad, con reciedumbre y valentía –por cierto a todos los hombres pero, para eso, primero a Dios.


[24] Cf. JUAN PABLO II, XV Jornada Mundial de la Juventud. Jubileo de los Jóvenes. Discurso en el Coliseo, 7 de mayo de 2000.

Otras circunstancias en la formación sacerdotal hoy

El Seminario Mayor San José debe ser un lugar sagrado en el que se vaya preparando la renovación interior y exterior de un clero capaz de seguir el ejemplo que han dejado los servidores más fieles que nos han precedido[25], pero ahora en el contexto de un mundo digitalizado y rápidamente cambiante, signado por una creciente globalización económica y política, y al mismo tiempo disgregado y atomizado cultural y espiritualmente –lo que autores modernos han descripto como la “tribalización” de “la aldea global”.

Nuestros jóvenes, que “son víctimas de la influencia negativa de la cultura posmoderna”[26], que en nuestra América se manifiesta incluso en el utópico “retroceso” de pretender “volver a dar vida a las religiones precolombinas”[27], necesitan una sólida pero básica formación que les permita superar el relativismo y la idolatría a la libertad individual y el hedonismo de nuestra cultura materialista y consumista[28].

Muchos de los que se acercan al Seminario, junto a una gran generosidad y buenas disposiciones, no dejan de traer deseos mezclados que buscan un avance personal o familiar, en vez de una renuncia más radical al mundo y a lo propio, en aras de la gloria de lo que ya es, pero que todavía está por venir[29]. Hay que ayudarlos en este sentido a seguir el proceso formativo de los Apóstoles, que también experimentaron las ambiciones propias del corazón humano y las tentaciones de un falso mesianismo terreno. Gradualmente, hay que ayudarlos a comprender que nunca podrán ser fieles y santos sacerdotes si no aprenden a subir cada día a la esperanza única de la Cruz y, desde ella, reinar como servidores, maestros, santificadores, intercesores y guías de los pobres de Yahvé[30].


[25] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, el 16 de mayo de 1988, 4.
[26] DA. 318.
[27] DA, Discurso Inaugural del Papa Benedicto XVI.
[28] Cf. PDV, 8. DA, 315.
[29] Cf. PDV, 48.
[30] En su Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, el 16 de mayo de 1988, JUAN PABLO II
recordaba los frutos abundantes y perennes de los sacrificios realizados por los misioneros en nuestra
tierra: “La Palabra de Dios que ellos fueron esparciendo en los corazones, hechos tierra fértil por la
gracia divina –regada con el sudor de los misioneros y la sangre de los mártires– ha dado frutos
abundante” (1).

La emergencia educativa y catequética

Los jóvenes que golpean hoy a la puerta de nuestro Seminario son también víctimas de la “emergencia educativa”[31], según la expresión de Benedicto XVI, de la pobreza de la catequesis y de la vida y práctica cristiana en las familias[32].

Estas gravísimas y generalizadas carencias exigen un esfuerzo por parte del Seminario de ir a lo esencial y de asegurarse lo básico al mismo tiempo que es “seria y profunda”[33]. Por eso la formación espiritual debe darse en perfecta armonía con la preparación doctrinal e intelectual de los candidatos al sacerdocio, sin descuidar, por otra parte, el diligente cultivo de la debida madurez humana[34]. Este último aspecto es particularmente urgente entre nosotros debido a la creciente descomposición de la familia y a la crisis de la figura paterna que adolece nuestro país[35].


[31] Cf. BENEDICTO XVI, Te Deum, 31 de diciembre de 2007, Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI a la Diócesis de Roma. Sobre la Tarea Urgente de la Educación, 21 de enero de 2008.
[32] Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Cathechesi Tradendae, 28, 57; Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, 3.
[33] DA, 323.
[34] Cf. CIC 244.
[35] Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America, 21, 24, 45, 46.

Los fundamentos del conocimiento humano y cristiano

El itinerario educativo, como corresponde a la naturaleza racional y diálogica del hombre, debe comenzar por asegurar a los seminaristas el manejo de los instrumentos del conocimiento por la maestría de la palabra en el Trivium clásico (el dominio de la palabra hablada y escrita, el pensamiento correcto y la capacidad de dialogar persuasivamente). A partir de este fundmamento sine qua non, hay que continuar por el desarrollo de una cultura clásica y cristiana enriquecida con la peculiar inculturación en las tradiciones de nuestra patria[36], tal como la catequizaron los misioneros en los albores de la primera evangelización[37].

Para ello es indispensable el dominio adecuado de las lenguas locales, español y guaraní, así como el cumplimiento del mandato canónico de “dominar la lengua latina”[38], que permite adentrarse en los luminosos senderos del culto divino y de la filosofía perenne[39] hasta llegar a los pórticos de la visión de Dios, esa sagrada teología[40] que, estudiada “a la luz de la Fe y bajo la guía del Magisterio”[41] “y de Santo Tomás”[42], revela en las penumbras de la fe la inteligencia de los divinos misterios a las almas humildes.

Muchos de nuestros futuros sacerdotes no llegarán a ser especialistas; pero todos necesitarán, según sus capacidades, llegar a ser maestros de sabiduría en las cosas que se refieren a Dios. Sin los fundamentos del Trivium y el Quadrivium, sin una catequesis sólida y comprensiva, sin el complemento enriquecedor de la cultura clásica y cristiana, ni un acceso -al menos incipiente pero bien asimilado y sistemático- a la filosofía y la teología, no podrán defender su fe ante los desafíos presentes ni transmitir a los hombres la visión esplendente del rostro de Cristo, el Logos eterno y encarnado, ni ser ministros “en espíritu y en verdad” del culto de la Nueva y Eterna Alianza (Jn 4:23).


[35] Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America, 21, 24, 45, 46.
[36] Cf. DA, 325.
[37] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, 16 de mayo de 1988, 1.
[38] CIC, c. 249.
[39] CIC, c. 251. Cf. también el Directorio de Seminarios Mayores (DSM), 295 (cita RFIS, 71, 218). Cf.
DSM, 307; RFIS, 70, 216; OT, 15; PDV, 52; Pablo VI, El Credo del pueblo de Dios, 5.
[40] PDV, 53.
[41] CIC, c. 252, §1 .
[42] CIC, c. 252, §3. PDV, 53. Cf. Cf. Juan Pablo II, Discurso en la Pontificia Universidad “Santo Tomás de
Aquino” de Roma, 17 de noviembre de 1979, 6, en L’Ossevatore Romano [OR] del 09.12.1979, p. 18.
Cf. también Carta encíclica Fides et Ratio, pp. 43-44.

Hombres de tradición y libertad

La cultura posmoderna y la tiranía del relativismo reinante hacen imprescindible que los futuros sacerdotes sean formados con hondas raíces en la tradición de la fe y de la cultura de la Iglesia, capaces de asimilar todo lo bueno en una síntesis integrada e integradora, que les permita desarrollarse y desarrollar a otros con libertad interior, flexibilidad y adaptabilidad, sin jamás perder su identidad ni las fuentes de su vida[43].

Deben aprender a mantenerse siempre fieles al Evangelio que se les predicó y a la misión de Cristo, “el mismo hoy, ayer y siempre” (Hbr 13:8), viviendo de la tradición de tal modo que sepan adaptar la substancia de esa tradición a las necesidades y circunstancias de su tiempo. En efecto, sólo un árbol bien enraizado puede ser flexible a los vientos y a las tensiones del hoy, sin perder su ubicación, su vitalidad y su referencia. Sólo una casa edificada sobre la roca de la obediencia a la Palabra puede mantenerse como cobijo de muchos ante las fuertes tempestades de la historia.

El Seminario, entonces, debe ofrecer a los jóvenes el programa propuesto por el Concilio Vaticano II para nuestros días: volver a las fuentes y, al mismo tiempo, saber poner al día esas fuentes “a fin de que el futuro sacerdote aprenda a anunciar la fe en toda su integridad, fiel al Magisterio de la Iglesia, con atención crítica, atento al contexto cultural de nuestro tiempo y a las grandes corrientes de pensamiento y de conducta que deberá evangelizar”[44]. Comprender y aplicar el verdadero mensaje del último Concilio dentro de la única interpretación auténtica, que es la de la continuidad, tantas veces reiterada por el Santo Padre Benedicto XVI[45], permitirá a los futuros ministros de Dios llevar adelante el programa de auténtica renovación, de “reforma de la reforma”, que nos señala el Papa Benedicto XVI con el ejemplo de su vida y la luz de su enseñanza.


[43] Cf. PDV, 2, 11.
[44] DA, 323.
[45] BENEDICTO XVI, Angelus 21 de febrero de 2011, Discurso al Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, 18 de noviembre de 2010, Discurso a los participantes del congreso organizado por la Congregación del Clero, 12 de marzo de 2010, Discurso al Tribunal de la Rota Romana, 27 de enero de 2007, etc.

Las orientaciones pastorales del Obispo para la Diócesis

El Seminario, más concretamente, debe preparar a los futuros sacerdotes para que puedan llevar adelante el programa de orientaciones pastorales con que el Obispo guía a la Iglesia particular a lo largo de todo su ministerio episcopal, a saber:

  •  Nuestra Iglesia diocesana no puede ser edificada de otro modo que como la edificó Cristo, es decir, sobre el Papa y su Obispo[46]. En efecto, Jesús edificó su Iglesia sobre la roca de Pedro y el fundamento de los Apóstoles, cuya misión continúan hasta el fin de los tiempos sus Sucesores, el Papa y los Obispos en unión con el Papa[47]. A esta Iglesia Cristo le dio el poder espiritual para llamar a los hombres a su Reino y santificarlos, no para solucionar los problemas políticos o sociales de este mundo.

 

  •  La misión de salvar y santificar a los hombres se realiza principalmente en la Iglesia por el ministerio de los sacerdotes, asistentes principales de los Obispos. Por eso la gran prioridad que tenemos es promover la formación de numerosos y santos sacerdotes.

 

  • A su vez, el Obispo y los sacerdotes deben promover los dones y carismas de los movimientos laicales en los que los fieles encuentran sus distintos caminos de santificación y apostolado.Pero la vida de la Iglesia no viene de sí misma, sino de Jesucristo, que le dio dos fuentes principales de Vida eterna: la liturgia y el ministerio de la Palabra. Así, los candidatos al sacerdocio deberán descubrir y vivir la centralidad del Santo Sacrificio de la Eucaristía[48], cuya solemnidad y belleza litúrgica tan bien captó nuestro pueblo paraguayo en los albores de la evangelización gracias a una esmerada catequesis mistagógica impartida por los misioneros[49].

 

  • Para poder participar activa y plenamente en estas fuentes primarias de las que vive la Iglesia es necesario una catequesis rica en contenido doctrinal y en formación en la piedad[50], utilizando como material de base el Compendio del Catecismo de la Iglesia, tal como lo ha recomendado el Papa[51].

 

  • En la medida en que seamos una Iglesia rica en sacerdotes y en laicos bien formados y que buscan en serio la santidad, ayudamos al Papa en la renovación de la Iglesia –Ecclesia semper reformanda…–, es decir, nos esforzamos en convertirnos de nuestros pecados y en corregir los errores prácticos a que ha llevado en ocasiones una aplicación errónea y, a veces, mal intencionada de la reforma conciliar, sobre todo en materia de la liturgia y de la disciplina de la Iglesia. En otras palabras, avanzamos la reforma de la reforma que el Papa Benedicto XVI quiere para toda la Iglesia.

 

  • Los frutos auténticos y permanentes de nuestra Iglesia verdaderamente comprometida con el Evangelio y la genuina reforma del Concilio Vaticano II llegarán sin duda, por la gracia de Dios. Entre ellos, importa destacar la urgencia del trabajo de la pastoral social como caridad organizada y constante de la Madre Iglesia en el servicio humilde a los pobres del Señor[52].

[46] Cf. CIC 245 § 2.
[47] “Christus Dominus, 2. Pastores gregis. BENEDICTO XVI, Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal del Paraguay en su visita “ad limina apostolorum”, 11 de septiembre de 2008.
[48] Cf. CIC 246 § 1.
[49] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a los obispos de Paraguay en vista "ad limina", el 15 de noviembre de
1984, nn 1, 4.
[50] En su Discurso a la Conferencia Episcopal de Paraguay, JUAN PABLO II sostenía: “Debéis velar pues por la adecuada preparación doctrinal y humana de los responsables de impartir la catequesis, de modo que enseñen sistemáticamente y en profundidad la totalidad de los misterios de la fe con recto criterio, piedad y competencia. No basta con dar la doctrina: hace falta conseguir que quienes reciben la instrucción religiosa se sientan impulsados a vivir lo que aprenden. La catequesis, lo sabéis bien, debe conducir a la frecuencia de los sacramentos. El ardiente deseo de recibir por primera vez la sagrada Comunión debe ir acompañado por la debida disposición del alma, sin descuidar el acercarse al sacramento de la penitencia cuando ello sea necesario. El desarrollo progresivo de la vida cristiana queda fortalecido al recibir la confirmación y se prosigue a lo largo de toda la vida, a medida que se va perfeccionando la formación personal recibida” (3).
[51] Cf. BENEDICTO XVI, Motu proprio para la aprobación y publicación del Compendio del Catecismo
de la Iglesia Católica, 28 de junio de 2005.
[52] Cf. PDV, 49; RFIS, 50,169.

 

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