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Sexta Sección

El Ciclo Preparatorio de Artes Liberales e Iniciación a la Filosofía

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Ante la «emergencia educativa», volver a las fuentes

Los candidatos al sacerdocio llegan hoy al Seminario no sólo sin un mínimo de conocimientos, incluso en lo referente a la fe, sino que también carecen del manejo elemental de los instrumentos del conocimiento –la capacidad efectiva de uso del lenguaje, el pensamiento racional y la comunicación con otros. Carecen, por lo tanto, de la capacitación intelectual indispensable para que los estudios superiores de filosofía y teología les sean de verdadero provecho. Son otras tantas víctimas de la “emergencia educativa”[1] que ha venido señalando el Sumo Pontífice, Benedicto XVI[2].

Ante esta grave situación, cada vez más generalizada, no resulta efectivo seguir con los viejos programas de estudio que suponían una educación de base que ya no se da en nuestros candidatos.

Al mismo tiempo, podemos aprovechar este desafío para considerar propuestas superadoras que también remedien el enciclopedismo y la fragmentación del conocimiento que afectaban a los programas que se habían hecho habituales. El objetivo de este documento, entonces, es presentar un plan y una metodología de estudios que, integrando el ciclo de preparatorio y de filosofía, ofrezca una solución “seria y profunda”[3] a la emergencia educativa y a la necesidad de integrar los campos del conocimiento bajo la luz y guía de las ciencias superiores, es decir, de la metafísica y la teología[4].

Este plan de estudios, por ahora en una fase experimental, se concentra en 1) las disciplinas básicas de toda formación humana, de acuerdo al modelo clásico de las artes liberales cristianas, 2) enriquecido, a su vez, con la tradición de los Grandes Libros (“the Great Books”), es decir, los grandes textos o fuentes primarias[5] de la cultura occidental, 3) enseñados según el método dialógico, o socrático.

A estos elementos del ciclo preparatorio, que sirven de remedio a la pobre o nula educación recibida anteriormente, se agrega el complemento de una formación fundamental en las disciplinas filosóficas y, finalmente, el marco histórico y geográfico que serán necesarios para los estudios superiores y el futuro desempeño pastoral en el complejo mundo postmoderno, caracterizado por una rápida globalización económica y política junto con una atomización cultural que, utilizando dos expresiones consagradas por autores modernos, se puede describir como “la tribalización de la aldea global”[6].

Aunque el currículo está diseñado para seguir el orden clásico del conocimiento, que se sigue de la naturaleza racional y social del hombre, la misma en todo tiempo y espacio, paralelamente incorpora la consideración del progreso histórico de las ciencias y disciplinas fundamentales del saber humano gracias, precisamente, a la lectura secuencial de los textos originales más importantes que constituyen los Grandes Libros, así como incorpora los valores de la cultura local.

El modelo fundamental de este tipo de planes y métodos de estudio, en cuatro años, ha sido ya ampliamente probado, con notable éxito, durante muchas décadas en varias universidades de EE.UU. y Europa[7]. Tales modelos ofrecen una forma concreta de seguir las indicaciones del magisterio conciliar y papal en la materia, en particular la recomendación metodológica de seguir en la actualidad al Doctor Communis y poseer a la vez el conocimiento de la cultura moderna necesario para inculturar el Evangelio y refutar con eficacia los errores de nuestro tiempo[8].


[1] “La emergencia educativa, emergencia de la Iglesia”. Entrevista con Mons. Jean-Louis Bruguès, secretario de la Congregación para la Educación Católica ZENIT
[2] Cf. Discurso a los obispos italianos, 28-05-2009, y también Discurso a la Asamblea Plenaria del Episcopado Italiano, 27-05-2010.
[3] DA, 323.
[4] Cf. OT, 16.
[5] Cf. RFIS, 91, 268.
[6] Cf. Mc Luhan, H. M., Understanding the media y The global village.
[7] Thomas Aquinas College: http://www.thomasaquinas.edu; Thomas More College: http://www.thomasmorecollege.edu; Saint John’s College: http://www.stjohnscollege.edu; International Theological Institute: http://www.iti.ac.at, y otros.
[8] Cf. OT, 16. Véase también RFIS, 79, 231; CIC, c. 252, § 3; Pío XII, Mentis Nostrae (MN), III, 44, etc.

Un programa sin materias optativas

A continuación vamos a presentar los principios generales de la visión académica que nos inspira y luego describiremos el currículo y los métodos de enseñanza que serán utilizados.

Desde un comienzo, es importante comprender que este currículo es un programa fijo de cuatro años; es decir, no hay materias electivas ni especializaciones de ningún tipo[9]. Esto se debe a que uno de los postulados del programa es, precisamente, que hay un canon académico básico, único medio de alcanzar una educación objetiva y esencial de la persona humana en tanto que tal, antes de que pueda dedicarse a cualquier otro campo de conocimiento o de acción (en el caso de nuestro candidato al sacerdocio, los estudios de teología).

Finalmente, el currículo ha sido diseñado y debe ser aplicado de modo tal que se integre y oriente ulteriormente a la sagrada liturgia de la Iglesia y a la lectura espiritual y científica de las Escrituras[10], ya que ellas son las fuentes y cumbres de la vida y del conocimiento de la Iglesia y de la civilización cristiana.


[9] Cf. OT, 17.
[10] Cf. Documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 15/04/93. Cf. León XIII, Providentissimus Deus, 111.

El diálogo entre Dios y los hombres

Las más altas aspiraciones de lo que nos proponemos lograr encuentran su mejor expresión en la proclamación del Apóstol a los filipenses: “Nostra conversatio in cælis est”. Literalmente, podríamos traducir: “nuestra conversación está en los cielos” (Flp 3:20). Pero la palabra conversatio implica no sólo conversación –discurso racional– sino también conocimiento íntimo del otro. Por lo tanto, san Pablo llama al hombre a entrar en un diálogo y a profundizar la comunión con el Logos eterno, del que el hombre es su imagen creada.

La posibilidad misma de este diálogo y comunión se debe a que Dios, la Razón eterna, ha hablado primero desde toda la eternidad por medio de la gloriosa procesión del Verbo, su Palabra. El Verbo es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1:9). Entrar en diálogo con Dios por medio de su Palabra es, para el espíritu del hombre, la conversatio suprema, la relación más importante que, como creatura, tiene con su Creador, y como hijo de Dios, tiene con su Padre, por medio del Hijo en el amor del Espíritu Santo.

Con la llegada del cristianismo en “la plenitud de los tiempos” (Gál 4:4), esta conversatio llegó a su clímax en los misterios del culto de la Iglesia del Verbo encarnado. El culto de la Iglesia católica es el verdadero culto espiritual, según el Logos (cf. Rom 12:1), digno de seres libres, sociales y racionales, que le exige al hombre lo mejor de sí mismo y del cosmos –lo mejor de su arte, de su ciencia y de su acción humana. Y aunque toda la creación es un himno a Dios Creador, el servicio litúrgico del hombre transformado en hijo de Dios es la máxima expresión cultual del universo, que se une a la liturgia del cielo por la mediación de Jesucristo.

El currículo de artes liberales y filosofía busca, en última instancia, facilitar y mejorar la “conversatio in cælis” de los futuros sacerdotes, preparándolos remotamente para una participación más plena, activa y fructuosa de sus espíritus, mentes y cuerpos en la liturgia de la Iglesia y la lectura orante de las Sagradas Escrituras. Este fin último es alcanzado en la medida en que es logrado el fin próximo del currículo: a saber, alimentar el intelecto humano –y, por su medio, la persona toda– de tal modo que alcance a desarrollar su naturaleza dialógica y racional[11].

Así, pues, el currículo busca cultivar el instrumento natural del conocimiento, la razón humana, de forma que pueda lograr el proporcionado conocimiento humano y divino que le permita gozar de esa rectitud, o sabiduría, en comparación de la cual todas las riquezas materiales no son sino un poco de arena, “porque Dios ama por sobretodo al hombre que vive con sabiduría” (Sab 7:28). Obtener un genuino conocimiento de las cosas primeras y más importantes[12], y poder razonar bien, es poseer lo que los antiguos llamaban “la recta razón” (“recta ratio”). Tal es, en síntesis, el principio unificador de nuestro currículo.


[11] Cf. RFIS, 91, 269. CIC, c. 254, § 2.
[12] Dice Pablo VI: “la inteligencia... puede llegar a lo que es”. Credo del pueblo de Dios, 5.

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