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Reglamento Interno

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Seminario Mayor San José

Diócesis de Ciudad del Este

 

Consideraciones Generales

  1. Con la gracia de Dios, y obedeciendo a las instrucciones del Directorio Pastoral para los Obispos, emanado de la Santa Sede, he erigido un Seminario Mayor en nuestra Diócesis de Ciudad del Este.
  1. Tiene como fin formar sacerdotes según el Corazón de Cristo, esto es, sacerdotes identificados plenamente con Jesús, Sacerdote, Profeta y Pastor, y dedicados a la adoración de Dios y a la salvación de los hombres y mujeres del mundo, pero en especial de nuestra querida Diócesis.
  1. Los seminaristas vienen a nuestro Seminario con el convencimiento de que encontrarán todos los medios, sobrenaturales y humanos, que les van a permitir centrarse en la búsqueda de la propia santidad, condición indispensable para que en su futuro ministerio sacerdotal «vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero» (Jn 15:16) y abundante.
  1. Los formadores—Rector, Vicerrector, Director de Estudios, Formadores y Directores Espirituales—vivirán abocados a su tarea de proporcionar a los seminaristas los medios para que la formación humana, espiritual, doctrinal (intelectual) y pastoral sea rica, intensa e impregne todos los momentos de la vida de los jóvenes, evitando así todo asomo de superficialidad, tanto en los mismos formadores, como en los seminaristas. Sólo entonces los seminaristas quedarán con una profunda huella tras su paso por el Seminario.
  1. El ambiente en el que se vive la formación es el de la más delicada caridad, que en lo humano se refleja en la cordialidad, el respeto amable de unos con otros y la alegría constante.
  1. El respeto «a la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8:21) es fundamental en la vida del Seminario: libremente los alumnos acuden para hacerse sacerdotes, sin que haya ninguna razón meramente humana que pueda explicar suficientemente esta decisión de ellos. Es un llamado de Dios, al que ellos gozosamente han respondido que sí. Por esto, los seminaristas, con la gracia de Dios y la ayuda constante de los formadores, perseverarán en su generosa respuesta a Dios y llegarán, «a su debido tiempo» (Eclo 51:30), a la ordenación sacerdotal.
  1. Así planteadas las cosas, la vocación se presume. No hay nada que probar: la prueba de la vocación es la perseverancia alegre y fiel en el camino emprendido.
  1. La confianza mutua entre formadores y seminaristas es otro de los componentes básicos en la tarea del Seminario. Los seminaristas suponen siempre la óptima disposición de ayuda por parte de los formadores y colaboran activamente con ellos mostrándose cada uno tal como es, con completa sinceridad y, como consecuencia, con completa docilidad a las indicaciones recibidas. Los formadores, por su parte, procuran el bien de cada alumno y proveen todos los medios para ayudar a los seminaristas en su búsqueda de santidad y en su deseo de entregarse a Cristo en el sacerdocio.
  1. Los seminaristas nunca han de sentirse vigilados por nadie. Ni deben comportarse de un modo entre ellos y de otro cuando está presente un formador. Tal es la manera de actuar propia de personas maduras, que tienen una sola vida y no una doble vida, lo que equivaldría a una locura espiritual. A nadie le sirve edificar su vida sobre la simulación. En efecto, el más dañado en esta simulación sería el simulador. No obstante, todo tiene arreglo en la vida espiritual, y si alguno cayera en esta enfermedad del alma, o en cualquier otra, tendrá que sincerarse y recomenzar, siempre con la ayuda de Dios.

La formación humana

  1. La formación humana que se recibe en el Seminario es imprescindible para edificar, sobre ella, la santidad a la que aspiramos. No hay virtudes sobrenaturales que puedan desarrollarse sobre una base humana endeble. En efecto, para ser santos, hay que ser buenos hombres. Y para lograr ser buenos hombres hay que luchar por vivir las virtudes humanas y mantener así un tono elevado y exigente. En Cristo, «verdadero Dios y verdadero hombre» (Símbolo atanasiano), encontramos el modelo acabado de hombre al que hemos de imitar. Nuestros pensamientos y nuestros sentimientos han de hallar su inspiración y su plenitud en Él, de modo que lleguemos a tener, como nos exhorta San Pablo, «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2:5). A los seminaristas les sucede, como a todo cristiano, lo que ya señalaba un autor pagano citado frecuentemente por los Padres, «hombre soy, y nada humano me resulta ajeno» (Terencio). Para ello, vivan con una inteligencia despierta, con sentimientos encendidos y bien orientados, y con una conducta limpia y varonil, que anime a todos a seguir a Cristo.
  1. No es propio de seminaristas ser personas descuidadas y víctimas del abandono. El cuidado de la apariencia personal, física, el comportamiento educado, la delicadeza en el trato mutuo, la ausencia de toda forma de arrogancia y estridencia, la alegría y el optimismo, componen el clima humano del Seminario.
  1. También el cuidado material de la Casa eleva el tono y la atmósfera humana: la virtud se desarrolla en el entorno material de la limpieza, el orden, el buen gusto y el cuidado de los pequeños detalles. Sería contradictorio cuidar la vida espiritual y descuidar el ambiente en que se desarrolla. Esa actitud indicaría que la persona lleva una doble vida, indeseable y dañosa, pues terminará primando, también en lo espiritual, el descuido y la dejadez que reina en la Casa—en el dormitorio, en la capilla, en los lugares de paso, en las clases, en las salas, en el comedor, en los lugares de deporte, etc. Nuestro interior no puede ser mucho mejor que nuestro exterior, cuando ese exterior depende de nosotros. Cada uno ha de sentirse responsable del edificio y cuidar y ordenar lo que note desarreglado.

La formación espiritual

  1. La formación espiritual está en el núcleo de la formación sacerdotal. Busca hacernos buenos hijos de Dios, en todo momento: en el Seminario y fuera de él; durante el curso lectivo y en las vacaciones; cuando nos ven y cuando no nos ve nadie—aunque realmente esto último nunca ocurre, porque siempre nos ve Dios, que nos está amando y sosteniendo.
  1. Una primera disposición a aquilatar en cada seminarista es la sencillez y la sinceridad, recordando la recomendación del Señor, de hacernos como niños (cf. Mt 18:3).
  1. Una segunda disposición que los seminaristas deben alentar en su alma es la docilidad, llena de inteligencia y alegría, con que han de acoger los consejos de los formadores.
  1. Los formadores son los mejores amigos de los seminaristas. Y más aún, son hermanos mayores que transmiten a los más jóvenes todo el tesoro del amor de Dios y de conocimiento que han adquirido ellos mismos con el paso de los años. Es a través de ellos que les llega a los jóvenes tanto el conocimiento de la voluntad divina como el amor que Él nos tiene a todos. En última instancia, pues, ellos deben ver en sus formadores al mismo Jesucristo.
  1. Nutran su espíritu los seminaristas con los documentos del Magisterio, con las obras de los Santos Padres y con los libros escritos por los santos y otros escritores de merecida fama. Los directores espirituales han de escoger muy bien los libros que recomienden a cada alumno como lectura espiritual. Estos libros han de escogerse de entre la lista de libros elaborada por el Consejo de Dirección; las excepciones deben contar con autorización del Rector.
  1. La formación espiritual se da a través de los ejercicios diarios de piedad litúrgica y personal, de los retiros espirituales, mensuales y anuales, de las charlas personales quincenales con los formadores, de los consejos recibidos en el sacramento de la Reconciliación, al menos quincenal, y de las clases especiales y convivencias que se organicen al efecto.
  1. En las conversaciones o charlas personales que cada seminarista mantiene tanto con su formador como con el director espiritual, cada quince días (de modo alternado, de forma tal que cada semana el seminarista habla o con el formador o con el director espiritual), se tratará de los siguientes temas, con lo que podrá manifestar su deseo de formarse:
    1. lo que se refiere a la fe, la pureza y la vocación;
    1. el modo de vivir los actos de piedad señalados en el nº 21, especialmente la oración o lectio divina, la Misa y los exámenes de conciencia;
    1. el aprovechamiento de las clases y el estudio;
    1. el cumplimiento de los encargos que hubiera recibido;
    1. el modo de tratar a los demás, especialmente a los otros seminaristas y a la propia familia;
    1. la preocupación apostólica;
    1. el cuidado de las cosas materiales;
    1. sus preocupaciones y tristezas;
    1. los éxitos y las alegrías;
    1. la oración por el Papa y el Obispo.
No hace falta hablar de todos los temas todas las veces. Pero sí convendría que se hable siempre de lo señalado en a, b, c, e y f. Normalmente la conversación no ha de durar más de media hora.
 
Luego de hablar y de tomar nota de los consejos, el seminarista irá a la capilla a
dar gracias a Dios por las luces recibidas y a pedir fuerzas para llevar a la
práctica, dócilmente, lo que se le pueda haber pedido.
 
  1. Los seminaristas han de tener con todos los formadores la misma confianza y
trato familiar. El rector, el vicerrector, los directores espirituales y los demás formadores tienen funciones específicas que los diferencian claramente, pero no se diferencian en lo que se refiere a recibir las confidencias de los alumnos: a estos efectos son iguales. Por eso los seminaristas les tienen, por igual, confianza. Pueden tener la seguridad de que su sinceridad nunca será causa de ningún disgusto o dificultad para ellos mismos. Al contrario, confiándose a ellos podrán gozar, en adelante, y aún más que antes, de la oración de intercesión y el apoyo de aquellos que han de ser, para ellos, auténticos padres espirituales.
 
  1. Los seminaristas han de distinguirse por ser hombres de una profunda piedad—una piedad tangible, que se prolongue luego por toda la vida. Esta piedad ha de apoyarse firmemente en los actos de devoción que se señalan a continuación y que han de ser siempre «lo primero»:
    1. Santa Misa: «La Iglesia vive de la Eucaristía», nos recordaba Juan Pablo II. Los seminaristas asisten diariamente a la Santa Misa, alimentándose «en el seno de la Iglesia» de la proclamación de la Palabra y de la Eucaristía. Al terminar la comunión, el sacerdote y los seminaristas guardan silencio y hacen su acción de gracias por unos minutos, antes de la oración posterior a la comunión y del rito de despedida. La celebración del Sacrificio del Señor es el centro de la vida del Seminario. Todo se hará para que de él fluya y en él se coronen las actividades del día. Un cuidado especial se pondrá en desarrollar la virtud de la religión en los seminaristas, de modo que su vida sea verdaderamente sagrada. La liturgia de los domingos, solemnidades y fiestas se observará con especial cuidado, como lo prescriben los mandamientos divinos y eclesiásticos.
b.      Liturgia de las Horas: el principal deber espiritual que la Iglesia impone a los sacerdotes, y para el que deben prepararse convenientemente los seminaristas, es la celebración de las oraciones diarias que la Iglesia, por medio de Jesucristo, ofrece al Padre eterno en el amor del Espíritu Santo. Los seminaristas serán preparados cuidadosamente para la participación diaria, activa y fructuosa, en estos misterios, adquiriendo desde el comienzo el hábito y el arte de esta devoción, especialmente de las horas llamadas «mayores», las Vísperas y las Laudes matutinas, así como la oración antes de dormirse, las Completas.   Pero no deben contentarse sólo con estas horas, que rezarán en común, sino que, gradualmente, deben ir incorporando todas las demás que la Iglesia prescribe y que proveen un alimento espiritual e intelectual imprescindible para su condición de sacerdotes (el Oficio de Lecturas y las Horas Intermedias).
 
    1. Oración mental, meditación, o lectio divina: san Pablo recomienda «orad sin cesar» (1 Tes 5:17). Para llegar a esta constante presencia de Dios, es necesario hacer unos momentos diarios de oración mental o meditación, de acuerdo al método tradicionalmente llamado lectio divina, tal como lo vivieron los Padres de la Iglesia y la tradición posterior, y como lo recomiendan el Concilio Vaticano II y los Papas posteriores. Se hará esta oración por las tardes, buscando que se acostumbren los seminaristas a hacerla antes de recomenzar las actividades de la tarde, y luego de estar bien descansados, hábito que les será de provecho después, en el ministerio. Se les enseñará el arte de la lectio divina progresivamente, de acuerdo a un plan bien establecido y probado por la experiencia. Naturalmente, cada uno conserva la libertad de hacer la oración como sea mejor para su alma.
    1. Ofrecimiento de obras: es devoción común en la Iglesia ofrecer todas las obras del día a Dios. Al despertarse, que cada uno lo haga en su dormitorio, puesto de rodillas y rezando alguno de los textos que figuran en los devocionarios.
    1. Visita al Santísimo: después del almuerzo vamos a la capilla a rezar juntos y en voz alta la estación del Santísimo (Padre Nuestro, Ave María y Gloria por tres veces, o algún Salmo conveniente, sea eucarístico, por ejemplo, el 23 o el 34, o de las Horas Intermedias) y así adorar al Señor Eucarístico, seguida de un momento de silencio (no más de medio minuto) para que cada uno haga su examen particular.
    1. Rosario: se habituará a los seminaristas a rezar diariamente, juntos, el santo Rosario, tal como esta devoción mariana se reza tradicionalmente, dejándose muy brevemente al enunciar cada misterio un tiempo de silencio—pocos segundos—para que cada uno se represente mentalmente el misterio que rezará.
    1. Ángelus: es una tradición inmemorial el rezo o saludo marial del Ángelus. Tres veces al día, a la salida del sol, al mediodía y al ocaso, la Iglesia tiene la costumbre de honrar e implorar el auxilio de la Madre de Dios, justamente en esas horas en que piadosamente se cree que tuvo lugar el misterio de la Encarnación. Que se acostumbren los seminaristas a rezar esta devoción, sea juntos, sea individualmente.
    1. Lectura continua de las Escrituras: comenzando ya con una práctica que luego les será impuesta por el Oficio de Lecturas, los seminaristas, desde el primer año, se habituarán a la lectura continua de la Biblia, para familiarizarse profundamente con la Palabra del Señor, de la que serán ministros. Leerán cada día un capítulo del Nuevo Testamento y dos del Antiguo. La primera vez, se hará desde el comienzo al fin de cada Testamento; luego, podrá seguirse otros métodos como, por ejemplo, el plan seguido por el año litúrgico en el Oficio de Lecturas.
    1. Lectura espiritual o hagiográfica: cada uno dedica a esta noble práctica quince minutos diarios, de acuerdo a lo propuesto por su director espiritual o su formador, a partir de una lista seleccionada por las autoridades competentes.
    1. Examen particular: es un momento dedicado a examinarnos en un punto de lucha espiritual que nos ha señalado el director espiritual. Se hace al terminar la visita al Santísimo.
    1. Examen general: el breve examen de conciencia—2 ó 3 minutos—que se hace al final del día, todos juntos en la capilla, durante el rezo de Completas, consiste en un repaso de nuestro día respecto a Dios y a los demás. Nos fijamos cómo fue nuestro trato con Dios, cómo tratamos a los demás, cómo luchamos por cumplir con nuestro trabajo (el estudio) y otras responsabilidades análogas, y cómo fue nuestra preocupación apostólica.

La formación doctrinal

  1. La formación doctrinal del Seminario tiene por objeto poner en contacto a los seminaristas con la doctrina de Cristo, viva en el Magisterio de la Iglesia, rica en todas las áreas del dogma, la moral, la liturgia, la historia de la Iglesia y el derecho canónico.
  1. El estudio y la formación intelectual de los candidatos al sacerdocio es una tarea que profesores y alumnos han de emprender y continuar durante los años que dura la preparación al sacerdocio, poniendo en juego todo el empeño que requiere el estudio de las ciencias propedéuticas, las humanas y las sagradas.
  1. Los profesores enseñarán la parte básica de cada materia del currículum del Seminario. Utilizarán para sus clases el manual y los textos originales que haya aprobado el Seminario para texto de los alumnos. Esto les dará a los alumnos una base sencilla, pero clara, que le servirá, si fuera el caso, para posteriores desarrollos en estudios de postgrado.
  1. Tengan siempre en cuenta los profesores que se les confía la formación doctrinal de futuros sacerdotes. En ellos se espera la doctrina católica indubitable: hemos de formar hombres de doctrina segura. Por eso los profesores transmitirán a los seminaristas el hábito intelectual de basarse en el Magisterio tanto como punto de partida a sus explicaciones, como lugar de referencia en caso de dudas o preguntas. La fe—han de entender claramente los alumnos—se contiene en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y constituye siempre la premisa mayor de cualquier razonamiento teológico.
  1. Eviten los profesores transmitir a los alumnos las hipótesis de trabajo o las dudas que sus investigaciones teológicas, más desarrolladas, naturalmente, que las de los seminaristas, pudieran tener. No expongan teorías de teólogos que no estén enraizadas en el Magisterio. Los alumnos podrán conocer estas teorías más adelante, al hacer estudios de post-grado o, incluso, luego, cuando ellos sean doctores, esto es, personas ya muy bien formadas intelectualmente. Entre tanto, hay que asegurar lo fundamental y básico, lo que la Iglesia siempre creyó y predicó en cuestiones tan graves, porque son necesarias para la salvación, como las relativas a la fe.
  1. La Santa Iglesia es la depositaria de la fe, no así los autores particulares. Enséñese en el Seminario que todo estudio o investigación sobre un tema ha de partir del Magisterio y la solución ha de estar de acuerdo con ese Magisterio. Así los sacerdotes formados allí nunca buscarán soluciones pastorales que no se basen en documentos de la Iglesia: el Catecismo de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico, otros documentos del Papa (Encíclicas, Cartas, Exhortaciones Apostólicas, etc.), documentos de la Santa Sede (Directorios, Decretos, Cartas, etc.), legislación complementaria emanada de las Conferencias Episcopales, y orientaciones y legislación diocesanas.
  1. Este itinerario intelectual ha de ser recorrido constantemente por los futuros sacerdotes, de modo que se haga en ellos hábito, virtud intelectual. Los seminaristas deben comprender bien que, como futuros ministros de la Iglesia, lo que el pueblo de Dios exige de ellos es que, en cualquier materia de fe y moral, ellos enseñen qué dice el Magisterio, como revelado por Dios, especialmente en las Escrituras y la Tradición, así como, secundariamente, la teología católica en sus representantes más conspicuos y seguros, notablemente, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia y sus Doctores. Téngase en cuenta que, entre estos representantes, Santo Tomás de Aquino brilla con particular magnitud, de acuerdo a la instrucciones constantes de la Iglesia y los Papas más recientes, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.
  1. El Consejo de Dirección debe asegurar a los alumnos el adecuado tiempo diario y semanal de estudio. Según aconseja la experiencia pedagógica universal, debe preverse para el estudio un tiempo en «horas-reloj» al menos igual al dedicado para las clases, condición sin la cual ningún alumno puede satisfacer razonablemente sus esfuerzos para cumplir sus tareas y adquirir los debidos conocimientos. En acuerdo con el Rector, el Director de Estudios debe concertar:
    1. con los formadores de cada curso, para que aseguren a todos los seminaristas el máximo aprovechamiento del tiempo disponible, sin distracciones ni tareas de otra índole;
    1. con los docentes y formadores, para que indiquen a los alumnos una cantidad de lecturas, ejercitación y demás tareas no solo posible de asimilar y cumplir dentro de una armónica proporción con la totalidad de las demás disciplinas, sino distribuida gradualmente a través de cada semana y cada período del curso.
  1. Enséñese a estudiar a los recién llegados y lógrese que todos los jóvenes que deseen ser sacerdotes adquieran la ciencia necesaria para ordenarse, comprendiéndose que, en la multiplicidad de la Iglesia, habrá naturalmente sacerdotes que tendrán más conocimientos que otros, según sus capacidades y dedicación, pero que todos deben alcanzar un mínimo establecido por las exigencias del Magisterio y la experiencia pastoral de la Iglesia. Por consecuencia, no se cierre fácilmente a ninguno el camino por motivo de las dificultades en los estudios. Antes bien, asístase a los seminaristas que lo necesiten con todos los medios disponibles de la pedagogía y el aliciente de la caridad más genuina. Si los candidatos se dedican con ahínco y los profesores y formadores enseñan a estudiar, siempre saldrán adelante.
  1. Los profesores han de evitar las clases meramente expositivas, con acumulación de datos y actitud pasiva de los alumnos. Procuren, más bien, que los alumnos vengan a clase habiendo estudiado previamente el tema en el manual correspondiente, de manera que la clase sea con activa participación de los estudiantes.
  1. Cuando se hable de la obra de diversos autores, ha de procurarse que lean y comenten textos escogidos de esos autores, acostumbrándose a acudir a las fuentes originales del pensamiento. Los alumnos han de ser capaces de comentar los textos, aunque inicialmente les cueste mucho y «les salga mal»: es muy común que esto ocurra, pero aún así es muy formativo intelectualmente.
  1. Los alumnos desarrollarán una mentalidad inquisitiva respecto de los diversos temas. El profesor estimulará la curiosidad intelectual de los alumnos.

La formación pastoral

  1. La formación pastoral de los seminaristas consiste, fundamental y principalmente, en la preparación práctica adecuada para celebrar dignamente los sagrados misterios y predicar la Palabra. Esto es lo esencial del apostolado y la evangelización cristiana.
  1. La primera formación pastoral la recibirán los seminaristas en el Seminario mismo y en las parroquias a las que se los asigne para tareas apostólicas supervisadas.
  1. La formación pastoral ulterior se llevará a cabo en un curso práctico pastoral que los sacerdotes, recién ordenados, recibirán en los lugares a los que se les haya asignado. Cada sacerdote joven tendrá, durante sus primeros dos años de ministerio, un mentor, un sacerdote ya experimentado que lo oriente y asista en los diversos aspectos de la actividad pastoral, no sólo parroquial, sino también de otras labores ministeriales: capellanías religiosas y académicas, hospitales, asilos, cárceles, movimientos laicales, catequesis, etc.
  1. La formación pastoral que el Seminario ofrece tiene dos aspectos.
    1. El primero es el más importante: consiste en enseñar a los seminaristas que la actividad pastoral se fundamenta en la oración. Esa labor pastoral es la manifestación necesaria de la vida espiritual y como una superabundancia de ella: «de la abundancia del corazón habla la boca» (Lc 6:45; cf. Mt 12:34). Este es el gran trabajo que los formadores realizarán con los jóvenes seminaristas.
    1. El segundo aspecto de la formación pastoral se logra a través de clases en el Seminario y de prácticas pastorales en los lugares que el Consejo de Dirección vea convenientes: parroquias, capillas, capellanías, etc. Las prácticas se realizan bajo la constante supervisión de los formadores.

Consejo de Dirección

  1. El gobierno del Seminario está delegado por el Obispo en manos de un Rector, con su Consejo de Dirección. Este Consejo está integrado por el mismo Rector, el Vicerrector, el Director de Estudios, los Directores Espirituales y los Formadores.
  1. El Consejo tiene una función consultiva. El Rector somete a votación los temas que ve oportuno y el resultado de la votación no tiene valor vinculante para el Rector, aunque deja constancia, en el libro de actas, de los resultados.
  1. Una vez que el Rector toma una decisión, todos la llevan a la práctica unánimemente, sin divisiones ni fisuras.
  1. Las posiciones internas de los miembros del Consejo no se divulgan fuera del Consejo. En el seno del Consejo no hay discusiones sino exposición serena de las ideas y votaciones.
  1. El Consejo se reúne, ordinariamente, una vez por semana, en hora y día fijados previa y regularmente. La primera semana se trata de aspectos de la formación humana; la segunda, de aspectos de la formación espiritual; la tercera, de la formación doctrinal (intelectual), y la cuarta, de la formación pastoral. Naturalmente, en todas las reuniones se trata de cualquier otro tema que sea oportuno, pero no se omite lo señalado.
  1. Es bueno que los Formadores miembros del Consejo se acostumbren a trabajar por escrito en los temas de mediana y gran importancia. El que inicia un trámite escribe brevemente su propuesta, que pasa al estudio de los otros miembros, individualmente. Luego, si hay disenso, se da una segunda vuelta. Si persiste el disenso, se vota. El voto es secreto. En general, el trámite ha de ser sencillo y breve.

Conclusión

  1. Lean todos, formadores y seminaristas, con frecuencia y a intervalos regulares, este Reglamento Interno. Medítenlo en la oración. Aquí están reunidos los principios centrales de la múltiple formación que reciben y que han de grabarse profundamente en los corazones de los seminaristas de nuestro Seminario Mayor San José. Vívanlos y háganlos vivir a todos. Así egresarán anualmente promociones numerosas de sacerdotes formados según el Corazón de Cristo. La Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de los Sacerdotes, con su intercesión poderosa, hará que esto sea siempre gozosa realidad.

 

Dada esta primera edición del Reglamento Interno el 3 de febrero 2006, en la sede episcopal.

 
  
 
+ Rogelio Livieres
Obispo de Ciudad del Este
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Mons. Van Aaken

Investigación previa al proceso de beatificación.

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