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Respuesta de Mons. Rogelio al señor Javier Miranda

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Ciudad del Este, 22 de octubre de 2010
 
Estimados Sr. Javier Miranda y co-signantes:
 
Les escribo hoy motivado por el cuidado paternal que tengo por ustedes y para responder a las preocupaciones que me han hecho llegar por escrito. Aunque estos cuestionamientos no son nuevos, y ya los he respondido sea personalmente, sea a través de la prensa, quiero volver a hacerlo ahora para mostrarles a ustedes mi estima y amor paternal, pues son parte del rebaño que el Señor me ha confiado. También quiero responderles por amor a la verdad –a esa verdad que nos “hará libres”, según la promesa del Evangelio (Jn 8:32).
 
Aprovecho esta oportunidad para animarlos a leer o a releer en el sitio de Internet de la Diócesis (www.diocesiscde.info) los documentos por los cuales hemos dado respuesta a las campañas de acusaciones que hemos sufrido. Si no tuvieran acceso fácil a esta información, no duden en hacérmelo saber y nuestro Departamento de Prensa y Comunicaciones les imprimirá todo el material que pueda interesarles.
 
Como el maligno siempre miente con medias verdades, deben ustedes evitar ser engañados. Los mentirosos interesados que nos han venido calumniando responden a grupos de poder que no se interesan por el bien de la Iglesia, sino que quieren usar a la Iglesia para sus propios fines ideológicos o sus intereses económicos.
 
No debe sorprendernos en absoluto que los hombres de la Iglesia y sus obras sufran falta de comprensión, y hasta persecuciones mediáticas o sangrientas. En nuestras tierras, basta acordarse de las campañas de calumnias montadas contra los jesuitas, que terminaron por hacer que fueran expulsados injustamente y que causaron tantísimo daño a los aborígenes y a la cultura y progreso de nuestro país.
 
Aunque la situación en nuestra Diócesis ha sido confusa para algunos hasta hace no mucho tiempo, quiero reconocerles que he estado siempre muy contento con la adhesión filial, el apoyo y la obediencia de la amplísima mayoría –sacerdotes, seminaristas, movimientos laicales, etc.– sin lo cual hubiera sido humanamente imposible poder superar estas pruebas, pues como “a río revuelto, ganancia de pescadores”, los enemigos de la gente sencilla han buscado crear confusión para aprovecharse de los descontentos o de los que fácilmente dan crédito a los rumores que les llegan.
 
Los invito ahora a que recemos juntos al Señor y a su Madre, la Reina de la Paz, unidos en la comunión y en el amor a la verdad. Si somos fieles a la oración, todos nuestros problemas se irán resolviendo muy pronto y cada uno encontrará su lugar de servicio y esa paz verdadera que es “la tranquilidad del orden”. Sin embargo, esto no será posible sino en la medida en que se mantengan en la unidad de la Iglesia y el debido respeto a la persona y autoridad del Pastor a quien Dios los ha encomendado. Del mismo modo que los hijos deben respetar y obedecer a sus padres, así también los exhorto a que vean en mí a su padre espiritual, que tanto los ama y que todo lo que hace, lo hace por el bien de ustedes y de los demás fieles. Obremos, pues, “la verdad en la caridad” (Efe 4:15).
 
Jesucristo ha edificado la Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos. Nadie puede cambiar este fundamento sobre el que se edifica la Iglesia y su unidad. De igual modo, la unidad de nuestra Iglesia diocesana está edificada sobre mí, su Obispo, que aunque indigno, he sido elegido por el Señor, que me ha dicho, como a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad» (2 Cor 12:9).
 
No podemos permitir que las diferencias de carismas o la diversidad de expresiones de nuestra fe nos dividan o incluso opongan. Justamente, es mi deber asegurar para todos la unidad en la fe, la libertad en los modos humanos de vivir esa fe, y la caridad y el amor mutuo en todas las cosas, como ya lo enseñaba san Agustín. Nadie, pues, será excluído de nuestra Iglesia y todos los que buscan a Dios son y serán siempre bienvenidos.
 
Ahora voy a responder de forma breve, pero lo más precisa que me sea posible, a las inquietudes más importantes que me presentaron en su carta, en el orden mismo en que ustedes lo hicieron.
 
Más allá de estas aclaraciones, le he pedido al Pbro. Daniel Silvera, Vicario Episcopal para la Pastoral, que converse si fuere necesario con cada uno de ustedes para aclarar lo que personalmente necesiten saber, y así preparar mejor una eventual y fructífera reunión entre todos nosotros.
 
Hablar sin miedo en la Iglesia, pero no querer hacerlo en nombre de todos
Es importante que, así como ustedes deben ser respetados, aunque sean pocos, del mismo modo deben ustedes respetar la libertad de expresión de la inmensa mayoría, no pretendiendo hablar en nombre de todos, como ocurre, por ejemplo, cuando dicen en su carta que son “los laicos”, o en la prensa dicen representar “a los laicos”.
 
Los laicos son todos los bautizados católicos que, unidos al Papa y a su Obispo, se mantienen fieles a la verdad de la fe y a la unión de caridad y de obediencia a sus legítimos Pastores. Hay aproximadamente en nuestra Diócesis unos 900.000 laicos, y nadie los representa sino que yo me relaciono con ellos directamente, porque cada uno es mi hijo en el Espíritu. En cuanto a los laicos que se han organizado en movimientos y comunidades, los dirigentes de todos estas organizaciones laicales de la Diócesis han manifestado ya públicamente su rechazo a esta usurpación de su representación, y al mismo tiempo han desmentido las acusaciones y dejado en claro su apoyo al Obispo, al Seminario y a sus formadores.
 
Actitud pastoral del Obispo
Creo que ustedes mismos se dan cuenta de la minoría de opinión que representan cuando me acusan no haber dejado atrás a las noventa y nueve ovejas fieles para ir a buscar a la que se había perdido. Esto no es así. En cuanto me fue posible, al comienzo mismo de la campaña de ataques que se lanzó aprovechando mi ausencia de la Diócesis, invité a reunirse conmigo para dialogar a las doce personas que habían lanzado estas acusaciones en la prensa, incluso sin siquiera haberme pedido antes las explicaciones del caso. El único que no asistió a esa reunión, porque rechazó la invitación, fue el Sr. Miranda. Me alegra saber que ahora está dispuesto a entablar un diálogo.
 
Además, desde el comienzo, y a lo largo de estos dos años, he seguido aclarando en la prensa las distintas acusaciones que se iban lanzando en público, siempre sin preguntarme primero sobre la verdad de las cosas.

Debo decir que, como Pastor que va en busca de la oveja perdida, aprendí que es muy cierto lo que dice el Señor acerca de que no hay peor sordo que el que no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver. Queridos hijos, los invito a no ser sordos ni ciegos con su Pastor, que les habla desde el corazón.
 
Rechazo al Obispo por cuestiones ideológicas
Me preocupa verlos afirmar en su carta que los problemas de la Diócesis llevarían “dos años sin hallar solución” a pesar de los planteos que ya han hecho. Quiero que sepan que, ya antes de llegar a esta Diócesis, fui combatido por los mismos que después han seguido haciéndolo a través de la prensa, y que han buscado desacreditarme con mentiras.
 
Me temo que la oposición de ciertos círculos a mi persona revela, en el fondo, un choque ideológico que incluso llegó a criticar al Nuncio Apostólico y a la misma Santa Sede. Hay algunos que, en nombre de una supuesta “Iglesia del Paraguay”, no quieren formar parte de la Iglesia en el Paraguay, fiel a su Obispo quien, a su vez, debe ser en todo fiel al Papa. Cuando hablan de una Iglesia “laical”, eso quiere decir una Iglesia manejada por ellos y por las minorías que muchas veces han pretendido dominar, en nombre “del pueblo” y “de los laicos”, las distintas instituciones eclesiales.
 
Dialogar con el Obispo no significa gritarle hasta que haga lo que se le pide o, peor aún, se le exige; ni tampoco imponerle “compromisos” de poder. Dialogar con el Obispo significa presentarle respetuosamente las inquietudes y conversar con él, dejándole el espacio para decidir lo que se debe hacer. En efecto, el Obispo es el elegido por Dios para que guíe, enseñe y santifique a la Iglesia diocesana en su peregrinar. Como Obispo, no debo sólo “acompañarlos”, sino más bien guiarlos. A ustedes, como fieles, Dios no les pide que me dicten lo que debo hacer sino que me obedezcan “en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8:21). En efecto, dialogar, para el padre, no significa hablar como si fuera un hijo más, ni siquiera como si fuera el hijo mayor. Es mi deber buscar el bien de todos, sin jamás ceder a las presiones de “los poderosos y los ricos”, que manejan a la prensa y a las instituciones, y pretenden hablar en nombre de los demás.
 
Las Comunidades Sacerdotales de San Juan
La molestia con los sacerdotes de estas Comunidades por parte de los que me desobedecen, o de los que han sido desinformados por ellos, se debe, en mi opinión, a que estos sacerdotes me han ayudado mucho en mi ministerio y proyectos, especialmente el Seminario.
 
Afirman ustedes erróneamente que las Comunidades Sacerdotales de San Juan fueron suprimidas por el Obispo de Scranton. Han sido mal informados. La Asociación de Fieles llamada “Society of Saint John”, a la que ustedes probablemente se refieren en su carta, fue establecida por Mons. James Timlin, Obispo de Scranton, EE.UU., el 24 de mayo de 1998. Años después fue suprimida por el sucesor de Mons. Timlin, Mons. Joseph Martino. Pero debe quedarles bien claro que esa Asociación que suprimió Mons. Joseph Martino por la autoridad que tenía como Obispo de Scranton no es la misma que yo he creado después por la autoridad de Obispo de esta Diócesis.
 
Por lo tanto, las Comunidades Sacerdotales de San Juan de ningún modo han sido “ya suprimidas”. En efecto, fui yo mismo el que las estableció canónicamente. Primero, las erigí como Asociación Clerical de Fieles por decreto episcopal de 15 de agosto de 2005. En un segundo paso, las constituí como Sociedad de Vida Apostólica por decreto episcopal del 23 de noviembre de 2008, después de haber consultado a la Santa Sede, tal como lo requiere el Derecho canónico (Canon 597), y de haber recibido una respuesta positiva por carta laudatoria de fecha 21 de noviembre de 2008 de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, presidida entonces por el Cardenal Castrillón Hoyos. No han sido, pues, suprimidas, sino que gozan de muy buena salud jurídica y espiritual, y han dado muchos frutos y crecido con muchas vocaciones.
 
También quiero precisar que recibí, en 2005, a cuatro miembros de la Asociación de Fieles suprimida por Mons. Joseph Martino: los sacerdotes Dominic Carey y Carlos Urrutigoity, así como a dos laicos, los Srs. Anthony Myers y Kevin Lieberman (a quienes después ordené presbíteros en Roma, el año 2007, una vez que concluyeron allá sus estudios de teología). Después de estudiar el caso de ellos detenidamente, los recibí por tres razones: 1) En primer lugar, y más importante, a pedido de la Santa Sede, pues recibí una carta a este efecto del Cardenal Arinze, entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y los Sacramentos, fechada el 2 de abril de 2005; 2) también los recibí por la recomendación del Obispo emérito de Scranton, Mons. James Timlin, que los había conocido durante muchos años y siempre los siguió apoyando, denunciando en su momento la campaña de prensa orquestada contra estos sacerdotes, según él, por motivos económicos e ideológicos, 3) finalmente, los recibí por la cálida recomendación de los numerosos fieles que se habían beneficiado con su ministerio.
 
Una vez establecidos en mi Diócesis, yo mismo hice la experiencia prolongada y positiva de su actividad pastoral, pudiendo comprobar que se trataba de personas muy trabajadoras, honradas y comprometidas en el servicio de Dios. De esto no sólo soy yo el testigo, sino también los sacerdotes, todos los seminaristas y los numerosos fieles que se han pronunciado públicamente acerca de esto, como consta en nuestro sitio de Internet para quien lo desee consultar[1].
 
Después de hacer la oportuna experiencia pastoral de estos sacerdotes, incardiné en esta Diócesis a los Pbros. Dominic Carey y Carlos Urrutigoity. Para ello seguí en todo momento lo que exige el Derecho de la Iglesia (Canon 267), es decir, después de haber obtenido el consentimiento y los decretos de excardinación de su Obispo de origen, con fechas 14 de julio de 2006 y 3 de julio de 2008. En el caso del Pbro. Carlos Urrutigoity, incluso pedí y obtuve el visto bueno del Nuncio Apostólico, quien me lo dio por escrito en carta fechada el 17 de mayo de 2008.
 
Me parece muy importante dejar en claro, una vez más, que es una mentira absoluta que el Pbro. Carlos Urrutigoity haya sido acusado por ningún menor de abuso sexual. Prueba de esto que aquí afirmo es la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a Mons. Joseph Martino de 20 de julio de 2005 (Prot. N. 238/2004-21480). Ningún menor lo ha acusado jamás. Han sido otras personas las que lo acusaron por Internet. Y en cuanto a esto último, los fiscales de EE.UU., que en dos oportunidades investigaron dichos alegatos, no encontraron ninguna prueba de crimen y por eso no dieron lugar a ningún juicio penal. Para quien le interese, he dado una noticia mucho más elaborada sobre este tema que puede consultarse igualmente en nuestro sitio de Internet[2]. También es absolutamente falso que el Pbro. Carlos Urrutigoity haya sido ordenado sacerdote por Mons. Richard Williamson, como consta por las actas de su ordenación presbiteral del 22 de junio de 1991. Para concluir, la situación canónica del Pbro. Carlos Urrutigoity es absolutamente regular y no hay ningún proceso canónico o civil contra él, ni aquí, ni en ninguna parte del mundo.
 
Mi carta confidencial al Papa
Es mi deber hacerle saber al Papa y a la Santa Sede lo que, como Obispo, pienso de la situación de la Iglesia en el Paraguay. Todos y cada uno de los Obispos del mundo lo hacemos durante las visitas “ad limina” cuando, cada cinco años, vamos a Roma a informar sobre nuestro desempeño y recibimos instrucciones. Pero jamás pensé, ni escribí, “que los paraguayos somos todos ignorantes” ni que no hayan “candidatos dignos para obispos o para sacerdotes”. Los han engañado también sobre esto.
 
Como consta, yo mismo he ordenado, sólo este año, 16 sacerdotes, de los cuales la gran mayoría son paraguayos –algunos formados en el Seminario de Asunción, otros en nuestro Seminario Mayor Diocesano. En cuanto al nombramiento de Obispos, también yo mismo he propuesto candidatos a la Santa Sede que me han perecido bien preparados, sacerdotes que han trabajo en forma excelente durante muchos años, sirviendo a la Iglesia en el Paraguay.
 
Si yo dijera que en nuestra Iglesia en el Paraguay no hay problemas, estaría mintiendo. Y si no dijera nada, estaría encubriendo. Yo he cumplido con mi deber y no me arrepiento de haber obrado según mi conciencia, aunque siempre supe que me costaría mucho hacerlo. Tampoco pretendí con esa carta decir que yo tengo toda la razón. Sólo expresé mi opinión sobre la situación a mi superior legítimo, de un modo confidencial, sin buscar desacreditar a nadie en público. Los mismos que han instigado la campaña en mi contra fueron los que, robando y pecando gravísimamente contra el secreto epistolar y profesional, hicieron pública mi carta sin mi permiso ni el de la Santa Sede, y después distorsionaron lo que quise decir y por qué lo había dicho.
 
La situación del Pbro. Gerardo Mereles
Me piden ustedes el levantamiento de las sanciones canónicas contra el Padre Gerardo Mereles “para traer la paz”. Quiero que sepan asimismo la verdad de este caso.
 
El Pbro. Gerardo Mereles fue removido como párroco de un modo extraordinario, pero legítimo, tanto desde el punto de vista de la ley como de la caridad y el bien de las almas, debido a las graves faltas contra la obediencia y la verdad que cometió, abusando de su autoridad, engañando a la gente y llamando a la rebelión. La misma Santa Sede rechazó el recurso que el Padre Gerardo presentó, confirmando así mi decisión. Y me ha dado instrucciones con respecto a este caso que estoy siguiendo fielmente.

En cuanto a los fieles que fueron escandalizados, yo no hice sino poner pronto remedio al mal que él inició con sus falsas acusaciones en público, abusando de la Eucaristía del domingo. Gracias a Dios, la mayoría de los que en su momento se apartaron, debido a la confusión causada, han retornado ya a la vida parroquial.

Desgraciadamente, el Padre Gerardo ha desobedecido mis numerosos pedidos de diálogo y exhortaciones a la obediencia, que le he hecho tanto oralmente como por escrito. Es de público conocimiento que, sin permiso de la autoridad de la Iglesia, ha abandonado el ministerio sacerdotal y se ha dedicado a trabajar por un salario muy elevado en Itaipú. A pesar de todo esto, me comprometo a seguir buscando vías de diálogo con él –las ha rechazado todas hasta este momento. Sería bueno que ustedes le escriban a él, exhortándolo al diálogo y a la obediencia.
 
Supuesta venta irregular de bienes de la Diócesis
En su carta me acusan de haber vendido bienes de la Iglesia diocesana por valores irrisorios, o de modo irregular. La verdad es que, en los pocos casos en que he procedido a vender algún bien material de la Iglesia, lo hice de acuerdo a las exigencias de la ley, tanto de la Iglesia como de la civil. Si vendí bienes materiales fue para solventar los enormes costos que requiere la formación de los futuros sacerdotes.
 
Nunca dudaré en sacrificar los bienes materiales de la Iglesia para asegurar el bien espiritual de todos. Pero jamás he mal vendido una propiedad de la Iglesia, a un precio bajo, sino al justo, según las apreciaciones de los expertos en estas materias que pedí en ese momento, tal como consta según los documentos del caso.
 
Oposición a la creación de nuevas Parroquias
Me duele mucho el pedido que me hacen de dejar de crear nuevas parroquias “porque de nada serviría”. ¡Qué triste es ver que se resistan a aceptar el bien que se hace a tantos fieles! Contrariamente a lo que afirman en su carta, en nuestra Iglesia diocesana no hay otra división que la que han causado los que instigan estas campañas de calumnias y engañan a los que quieren oírlos.
 
Con la ayuda de Dios, sólo este año hemos podido crear tres parroquias, y hemos podido dotar a otras dos que estaban sin sacerdotes de nuevos párrocos y vicarios. De acuerdo a las expectativas de fuerte crecimiento que tenemos, gracias a las numerosas ordenaciones que nos permite el Seminario Mayor y la generosa oferta de ayuda que nos traen algunas congregaciones religiosas, en el futuro podremos ir creando dos o tres nuevas parroquias por año, mejorando así notablemente la calidad de atención sacerdotal. No hace falta que les demuestre la gran alegría y contento de los fieles por estas mejoras. Pero si lo necesitan, le pediré a esos fieles que manifiesten su apoyo públicamente.

Tampoco crean que es cierto cuando les dicen que yo he creado parroquias sin consultar. Pueden ustedes comprobar, leyendo las actas de las reuniones del Consejo Presbiteral, que consulté con resultados positivos la creación de estas parroquias, según me lo pide la ley canónica. Y otras nuevas, como ya dije, están en vías de planificación, bajo la responsabilidad del Pbro. Pedro Collar y del Pbro. Daniel Silvera.
 
Quiénes ocupan cargos “importantes” en el gobierno de la Diócesis
Afirman en su carta que el Pbro. Pedro Collar “es el único sacerdote del clero diocesano ‘nativo’ que tiene cargo importante en la Diócesis”. También se han mal informado en este punto. Sin deseo de cansarlos, les enumero quiénes del clero diocesano “nativo”, es decir, paraguayo, ocupan cargos importantes: El Pbro. Pedro Collar, como ya saben, es Vicario General y Vicario Territorial para el Alto Paraná; el Pbro. Agustín Zacarías es el Vicario Territorial para Canindeyú; el Pbro. Fabio Recalde es el Vicario Episcopal para la Misión Permanente; el Pbro. Adalberto Pelc es el Vicario Episcopal para la Educación; El Pbro. Francisco Velázquez es el Vicario Episcopal para la Familia; El Pbro. Daniel Silvera es el Vicario Pastoral; el Pbro. Jorge Miguel Martínez es el Vicario Episcopal para la Juventud.

También deben ustedes recordar que nuestra Diócesis es muy reciente, y como tal, el clero diocesano es todavía muy poco numeroso en relación a los religiosos misioneros que nos sirven hasta el día de hoy. Por eso es muy frecuente entre nosotros contar con la ayuda de sacerdotes extranjeros religiosos o misioneros.
 
Supuesta complicidad con sacerdotes culpables e indiferencia con los buenos
Afirman ustedes que yo apoyo y premio sólo a algunos sacerdotes, incluso a quienes “están cuestionados seriamente por sus conductas indecorosas y que son la piedra del escándalo”, mientras que con otros soy indiferente y los castigo. Yo les aseguro que esto no es así. En primer lugar, yo apoyo a todos los sacerdotes con los que trabajo y ninguno está cuestionado seriamente por conductas indecorosas. Ya les he probado que se trata de acusaciones falsas y calumnias. En cuanto a los sacerdotes a los que se les ha probado malas conductas, los he castigado después de un proceso debido y legítimo. Si hubiera algún sacerdote en concreto que ustedes creen que yo he castigado injustamente, les pido que me muestren las pruebas de inocencia y les aseguro que, en justicia, revisaré de inmediato ese caso.
 
Enseñanza de la religión en escuelas y colegios
Les han dicho de igual modo que yo permito que se prepare a los que van a recibir los sacramentos de la primera comunión y la confirmación en los colegios, y que eso sería “prácticamente una venta de sacramentos”.

Otra tergiversación de la verdad. ¡Cuántos santos han creado colegios y han preparado con todo amor a sus alumnos para recibir dignamente los sacramentos, aprovechando la disponibilidad que tienen en los horarios de clase! ¿Vamos ahora a condenar a Don Bosco, por no mencionar sino un ejemplo, por dicha práctica que implicaría “vender sacramentos”?

Estoy seguro que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que debemos aprovechar todas las circunstancias para acercar a la juventud a los sacramentos y a la palabra de Dios, que son las fuentes de las que vive la Iglesia y que la santifican. Aprovechar la disponibilidad de los colegios para enseñar la fe no es debilitar a las parroquias y capillas, sino ayudarlas a preparar mejor a los jóvenes que después se acercarán a ellas y se comprometerán en el servicio de sus comunidades parroquiales o en los movimientos laicales que en ellas se desarrollan. La enseñanza de la religión es una oportunidad que debemos ofrecer no sólo a los colegios privados, sino a todos lo que la acepten.

Recordemos lo que enseñó Nuestro Señor a los Apóstoles cuando quisieron prohibir a otros la predicación. Él hizo una clara diferencia entre sí y sus discípulos. En efecto, mientras que “el que no está conmigo, está contra Mí” (Mt 12:30), Jesús les advirtió con respecto a la actividad apostólica de otros: “No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes” (Lc 9:49-50).
 
Inversiones financieras para crear rentas
Me piden también que informe sobre “el acuerdo privado para la conformación de sociedad anónima entre los señores: ‘Diócesis de Ciudad del Este y otros, Benjamín Livieres y Juan Jorge Tosi Medina’”. Eso ya lo he hecho, públicamente, como consta en el artículo de prensa de 11 de febrero de 2009[3].
 
Es normal, de acuerdo a la ley, e incluso de sentido común, que la Iglesia busque invertir de modo tal que pueda recibir rentas que le permitan llevar a cabo sus numerosísimas tareas apostólicas sin necesidad de estar pidiendo día a día que los fieles contribuyan al total de sus gastos. Es evidente, asimismo, que la inversión de la que hablan se hizo siempre desde la transparencia y la legalidad, señalando claramente a la Diócesis como uno de los inversores. Como ya dije, en el futuro espero poder multiplicar inversiones que permitan una mayor autonomía financiera a las obras de apostolado y a los futuros Obispos de la Diócesis.
 
El Seminario Mayor diocesano “San José”
De ningún modo crean que por la creación del Seminario Diocesano “se vino la división del clero y del laicado en general”. Los que han querido causar esa división han sido los que han buscado impedir –vanamente, gracias a Dios– este grandísimo bien para nuestra Iglesia diocesana. Pero, “por sus frutos los conoceréis…” (Mt 12:33). Si algunos con poder de prensa se han opuesto a que tengamos nuestro propio Seminario, no deja de ser cierto que la inmensa mayoría lo ha visto como una bendición del cielo, y lo apoyan espiritual y económicamente por todos sus medios.
 
Ya he explicado que lo que mandan las normas de la Iglesia es que cada Obispo forme a sus futuros sacerdotes (Canon 232; Directorio para los Obispos, 85). El Seminario es el corazón de cada Diócesis. En cuanto a quién corresponde la autoridad de establecer un Seminario diocesano, la respuesta es sencilla: al Obispo diocesano. No le corresponde a la Conferencia Episcopal aprobar la creación de seminarios diocesanos, y por eso no la ha dado ni se le ha pedido tampoco.
 
La calidad humana de las vocaciones y su formación
Afirman después que las vocaciones que aceptamos no valen la pena porque son mediocres y no tienen una auténtica vocación. Además, afirman que si ya hubo escándalos, estos numerosísimos candidatos al sacerdocio darán muchísimo más escándalo. Quiero advertirles paternalmente contra la temeridad y osadía de estos juicios. En primer lugar, es el Obispo el que debe juzgar sobre la vocación de un candidato, después de consultar con los formadores y responsables. No deben ustedes sentirse capaces de juzgar a personas o a cosas que no conocen, y sobre las que nadie les dio autoridad para hacerlo. Esto es algo muy malo espiritualmente: “No juzguen, para no ser juzgados…” (Mt 7:1).
 
Nuestros futuros sacerdotes tendrán las miserias propias de cualquier sacerdote, que no deja de ser hombre a pesar de su consagración. Algunos, inclusive, podrán ocasionalmente caer en graves faltas que los lleven a dejar el sacerdocio y a escandalizar a los fieles, como ha ocurrido en todos los tiempos de la Iglesia, comenzando por la traición de Judas, a quien Jesucristo mismo, sin embargo, eligió y formó. Pero, con la gracia de Dios y una sólida formación supervisada de cerca por su Obispo, estos sacerdotes no serán parte del problema actual, sino de su solución.

Quiero, pues, animarles de nuevo a que no se entristezcan del bien que se está haciendo, ni se obstinen en llamar al mal, bien, ni al bien, mal. El testimonio de la gran mayoría de los que conoce a estos seminaristas y nuevos sacerdotes desmiente estos juicios en cuanto a la supuesta mediocridad y falta de vocación de estos generosos jóvenes que están sacrificando sus vidas para servirnos.
 
Seminaristas extranjeros supuestamente de la Fraternidad San Pío X
Afirman también que “vienen muchos seminaristas extranjeros para ordenarse aquí” y que “estos seminaristas vienen de la Fraternidad San Pío X”. Les pido, una vez más, que aclaren a quien les haya mentido en esto que ningún seminarista que hayamos tenido jamás ha venido de la Fraternidad San Pío X.
 
En cuanto a los seminaristas extranjeros que vienen a formarse y a ordenarse aquí, hay que decir que algunos son enviados por sus Obispos, que comienzan a confiarnos la formación de sus seminaristas; otros, son enviados por congregaciones religiosas, como los franciscanos, o por comunidades sacerdotales; unos pocos vienen para quedarse con nosotros como diocesanos. A todos, les exigimos la misma disciplina, formación y amor a la Iglesia, al Papa y al Obispo que es la característica de los auténticos presbíteros católicos.
 
Conclusión
Hay algunos otros pedidos de aclaración menores, que aunque podría tratarlos en esta carta, los dejo para las futuras conversaciones que les propongo tengan con el Pbro. Daniel Silvera, Vicario para la Pastoral. Sé que ya se ha reunido con el Sr. Javier Miranda, y no dudo que lo hará con los demás, incluso individualmente, si lo desean.
 
Renuevo una vez más la manifestación de mi sincero afecto como Padre, Obispo y Pastor de sus almas. Sepan que esta autoridad que Dios me ha dado no dejaré de utilizarla para su bien y el de todos. Que Dios me ayude a ser fiel a este compromiso. Los bendigo ahora con esa misma autoridad apostólica que Dios me ha conferido “para arrancar y derribar, para perder y demoler, para edificar y plantar” (Jer 1:10).
 
+Rogelio Livieres
Obispo de Ciudad del Este

 


[1] Ver en nuestro sitio: “Declaración de los Curas Párrocos en apoyo al Obispo”; “Carta de los seminaristas sobre campaña de calumnias contra el Obispo y Formadores”; “Solicitada de los Movimientos y Comunidades Laicales en repudio a miembros de la ex-JUDILA”; “Manifiesto de fieles autoconvocados en apoyo al Obispo Rogelio Livieres”; “Pedido de los fieles solicitando la permanencia del P. Carlos Urrutigoity”; “Carta de 10.000 fieles al Papa Benedicto XVI con motivo del Año Sacerdotal para agradecer el Seminario Mayor Diocesano”; “Manifiesto de la Asociación de Abogados Católicos de la Diócesis de Ciudad del Este en defensa de Mons. Livieres”.
 
[2]Carta Aclaratoria sobre la situación del Pbro. Carlos Urrutigoity”.
[3]Nuestra Diócesis debe generar rentas para cubrir gastos de la Evangelización”.
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